Manuel Maples se refugió de una fuerte lluvia en un café de la actual avenida Álvaro Obregón de la Ciudad de México; una vez sentado en una mesa, nadie lo atendió ni le cobró el café que él mismo tomó. Se cuenta que regresó al café en otra ocasión y sucedió lo mismo, al parecer estaba desolado, no había ni comensales ni empleados. Aunque esta anécdota parece un hecho ficticio, este establecimiento pasó a formar parte del lugar donde se daban cita los estridentistas de la época. Por su parte, el café de nadie de Arqueles Vela, trata de reproducir una situación similar a la vivida por Maples.
La novela presenta un cúmulo de metáforas y figuras literarias que nos dan cuenta de un mundo fantástico en donde todo puede ser posible, y digo posible en la medida en que nuestra imaginación pueda recrearlos, como el “subway” de los ensueños y las ideaciones, sentarse en el gabinete más lejano de la vida, la lluvia de las remembranzas o dejar los recuerdos en la orilla más oscura del café. En este sentido, más aún que un hecho fantástico, los comensales del café, al igual que muchos otros en la realidad, tratan en encontrar un lugar donde puedan olvidar, tras un café o una copa, los hechos y sucesos que los afligen en la vida y tratan de hacer eso precisamente: dejar los recuerdos en el lugar que los rememoran para apartarlos de su vida y salir hasta cierto punto liberados de regreso a la realidad. Claro que algunos otros, tratan de hacer lo mismo pero tratándose de acercar con gente para que con el bullicio y la plática esquiva puedan olvidar sus problemas; pero la diferencia entre ambos, es que los primeros se desprenden de sus problemas, los segundos, sin saberlo, los siguen llevando consigo, solo los olvidan momentáneamente. Aunque a pesar de todo, existe un problema en ello. En el caso de los primeros, es como entrar a un infierno en donde las ideaciones y ensoñaciones nunca se cumplirán. Hago referencia a un infierno bajo una concepción renacentista.
Al bajar las escaleras y descender el último peldaño de entrada, se desciende el último peldaño de la realidad; se entra en un lugar al parecer irreal. Un lugar de la imaginación donde se pueden dejar y almacenar las penas, las desavenencias, los deseos, algunos claro, y donde cualquier parroquiano esperará a ser lo que no es. Entrar al café es traspasar la puerta secreta de la vida, el lugar donde cualquier parroquiano se encuentra temeroso de encontrar el lugar que le ha deparado la vida, alejado, cubierto por la oscuridad en una mesa del rincón. Una especie de pena o castigo que le hará recordar sus sucesos, aquello que no ha podido ser, aquello que lo persigue. En este plano es donde junto la idea del lugar que ocupan los comensales en el café con la idea del infierno renacentista. Esta concepción de infierno nos dice que éste es el lugar en el que nunca se cumplirán los deseos, donde esperaremos una eternidad sin que ellos, los deseos, se cristalicen, como ejemplo a este castigo puedo anotar que sería algo similar a estar sediento y que caminamos indefinidamente esperando llegar a una tienda para comprar una botella de agua pero esto último nunca sucede.
Este símil está presente, al menos, en el par de parroquianos que siempre están en el café. Ellos esperan algún día ser los dueños, que los camareros les pregunten si ya es hora de cerrar, si quieren que el mobiliario se pinte o se arregle, viven esperando algo que nunca será y viven, dentro del café, siendo lo que no pueden ser.
Dentro del café se pierde en algún momento parte de la individualidad, la risa de Mabelina se confunde con todas las risas, su voz con todas las voces, su falta de recuerdo al tratar de encontrarlos en su memoria frente al espejo le hacía olvidar quien era; su nombre, al repetirlo tantas veces, le sonaba a otro nombre, al impropio, al de otra persona. Aquí es donde la falta de recuerdo, la falta de memoria provoca que se olvide quien es uno y se padezca como una pena también, el olvido de sí mismo.
Si bien era un lugar para dejar arrinconados los recuerdos, era también un lugar donde se dejaba una parte de la personalidad de cada uno, tratar de olvidar quienes son al tratar de deshacerse de su recuerdo. La falta de memoria es la falta de identidad y quizás la falta de querer ser uno mismo y de no vivir la vida consciente de nosotros. Aunque diga Mabelina que habrá que gastar y despilfarrar la vida para defraudar a la muerte, creo yo, que se corre el riesgo de que en la muerte no sepamos quienes somos porque tratamos de olvidar quienes fuimos y ni siquiera sabremos, llegado ese momento, porque somos castigados.
A pesar de todo, si así lo deseamos, podemos tomar asiento en el café de nadie y buscar un asiento en lo más alejado de nuestra vida que nos permita olvidar quienes somos, tratando de dejar a un lado la memoria para dejar a un lado nuestra identidad, esperando que nos sea servido un café o un platillo por un camarero invisible, ordenado de una carta que no existe en un lugar imaginario.
jueves 6 de marzo de 2008
lunes 4 de febrero de 2008
miércoles 23 de enero de 2008
Cosas que recordar
Cuando desperté, escuché la voz de mi esposa que me llamaba porque estaba retrasado para salir. Jaime, dijo, se te hace tarde, ya levántate de la cama. Lo primero que pensé fue por qué Jaime, no es que no sea mi nombre, si no por qué Jaime, que hay en ello que yo deba de ser Jaime. Ya sé que es el nombre que me pusieron mis padres, el que escogieron porque mi abuelo se llamaba así y es costumbre llamar a los primogénitos con el mismo nombre, pero fuera de esas estupideces, ¿realmente soy Jaime?, el que está recostado aún en la cama; el Jaime Álvarez que trabaja en la agencia de seguros, que está casado con Aurora y que tiene dos hijos. Al menos eso es lo que sé o lo que parece ser. Este Jaime al que su esposa le acaba de aventar un cepillo para que abandone la cama, aunque a veces tengo la sensación que no sé si de verdad soy yo cuando me miro al espejo, siempre surge alguna duda cuando lo hago; creo no me conozco. Nunca me siento a pensar que me ha traído hasta aquí y a veces ese momento frente al espejo cuando intercambio la mirada con el Jaime que se encuentra al otro lado hace que me lo pregunte, pero la premura me hace olvidarlo en el acto sacudiendo la cabeza. Como si con ese movimiento expulsara la pregunta de mi cabeza. Es una buena pregunta a estas alturas de mi vida, por el momento tengo una esposa que no deja de molestarme y me espera un cliente; lo dejaré para el domingo que estoy más tranquilo mientras pasan los comerciales.
lunes 31 de diciembre de 2007
Cosas que recordar
Trato siempre de recordar que debo subirme la bragueta después de salir del baño, pero soy algo distraído; siempre he tenido problemas con ello y nunca aprendo la lección. Los comentarios son absurdos en ocasiones, y hasta yo me burlo de mí mismo para tratar de suavizar lo embarazoso de la situación: desde un "el pajarito se va a salir", comentario infantil y bochornoso, hasta un "es que tengo calor", de mi propia cuenta, para justificar de manera burlona mi olvido. Pero debe de ser un problema de niñez, siempre todo viene de ahí, a algún imbécil se le ocurrió decir eso, pero no recuerdo quién fue. Tal vez viene de cuando me pellizqué y tuvieron que llevarme al hospital para librarme del cierre y del pantalón; recuerdo las risas de mis hermanos y la angustia de mi madre después de decirme que era un imbécil. Aunque pensé que en el hospital sería diferente, primero me ayudaron a librarme del pantalón y dijeron que no era grave, mas que un pellizco en el pellejo, pero en la parte trasera del cuarto de emergencias escuché las carcajadas. Durante años fui "el mata pájaros" en la casa, claro, por eso prefiero los pantalones con botones en lugar de cierre. Como sea, tengo muchas cosas pendientes, mandar los archivos a Carolina y a Sergio, darle las cartas a Lolita para que las envíe a firmar y llamar a casa, creo que eso es todo, sí, creo que sí. Si es que quiero ir a comer rápido. Solamente me lavo las manos y salgo.
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